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Don Porqué: ¿Por qué los reactores SMR aún no cumplen la gran promesa nuclear?
https://donporque.com/reactores-smr-costes-retrasos-y-futuro-nuclear
por Alessandro Elia • 1 de octubre de 2026
Resumen
- Los SMR prometen abaratar la nuclear, pero aún deben demostrarlo
- Darlington será la gran prueba de costes, plazos y producción en serie
- La solar crece mucho más rápido, aunque no presta el mismo servicio eléctrico
Los reactores modulares pequeños, conocidos por sus siglas inglesas SMR, iban a cambiar las reglas de la energía nuclear: centrales más compactas, piezas fabricadas en serie, menos obra civil, inversiones iniciales manejables y unos plazos bastante más humanos que los de las grandes plantas convencionales. La idea sigue teniendo sentido sobre el papel. El problema es que, al llegar al hormigón, las licencias y las facturas, la revolución avanza bastante más despacio de lo anunciado.
Eso no significa que los SMR hayan fracasado ni que la energía nuclear esté retrocediendo. De hecho, ocurre algo bastante más interesante. La construcción nuclear mundial vuelve a crecer, varios gobiernos han recuperado esta tecnología para sus planes energéticos y Canadá ha iniciado una de las pruebas más importantes para el sector. Estados Unidos, además, dio el 29 de septiembre de 2026 un paso relevante al conceder a TVA un permiso de construcción para un BWRX-300 en Tennessee. El problema está en otro sitio: todavía falta demostrar que estos reactores pueden fabricar electricidad más deprisa y con costes previsibles cuando pasan de una presentación corporativa a una obra real.
Un SMR no es simplemente una central nuclear grande metida en una caja pequeña. La propuesta industrial consiste en cambiar parcialmente la forma de construirlas. En lugar de fabricar casi toda la instalación sobre el terreno, buena parte de sus componentes deberían salir de fábricas especializadas, repetirse con diseños estandarizados y ensamblarse después en el emplazamiento.
Ahí está la palabra mágica: repetición. Una gran central nuclear aprovecha la economía de escala; un SMR pretende compensar su menor tamaño mediante una economía de serie. El primer reactor puede salir caro. El segundo, algo menos. El décimo debería beneficiarse de fábricas ya rodadas, trabajadores especializados, una cadena de suministro estable y reguladores familiarizados con el mismo diseño.
El Organismo Internacional de Energía Atómica suele describir los SMR como reactores de hasta unos 300 MW eléctricos por módulo. Su menor potencia permite, al menos en teoría, ampliar una instalación poco a poco y evitar que una eléctrica tenga que comprometer decenas de miles de millones desde el primer día.
La Agencia Internacional de la Energía sigue viendo un potencial considerable. Sus análisis sobre el renacimiento nuclear consideran que los pequeños reactores podrían convertirse en una pieza relevante del sistema eléctrico, especialmente allí donde hace falta generación baja en carbono disponible durante muchas horas consecutivas. Pero hay una condición bastante menos fotogénica que los renders de las futuras centrales: los costes tendrán que bajar de verdad.
Porque modular no significa automáticamente barato. Y pequeño tampoco significa sencillo.
El proyecto más observado de Occidente está en Darlington, Ontario. Allí, Ontario Power Generation construye el primer BWRX-300 de GE Vernova Hitachi, un reactor de agua en ebullición de 300 MW eléctricos. Canadá pretende levantar cuatro unidades en el mismo emplazamiento, hasta alcanzar unos 1.200 MW.
La obra ya ha dejado atrás la fase de promesas. En abril de 2026 se instaló la gran losa modular de cimentación del primer reactor y el proyecto figura oficialmente como reactor en construcción. La primera unidad debería conectarse a la red a finales de 2030, mientras las siguientes llegarían durante la primera mitad de la década de 2030.
Aquí empieza lo verdaderamente interesante. Darlington puede convertirse en el escaparate del modelo SMR si consigue cumplir plazos y presupuesto. Pero también puede mostrar dónde termina la teoría cuando aparecen las excavaciones, los controles de calidad nuclear, el coste financiero y una cadena industrial que todavía no fabrica cientos de reactores idénticos al año.
Ontario calcula que el programa completo de cuatro unidades tendrá un presupuesto aproximado de 20.900 millones de dólares canadienses, incluyendo preparación del emplazamiento, ingeniería, escalada de precios, intereses y contingencias. La primera unidad tiene asignados unos 6.100 millones, a los que se suman alrededor de 1.600 millones en sistemas e infraestructuras comunes que también utilizarán los reactores siguientes.
No es precisamente una central nuclear de bolsillo.
Pero tampoco sería correcto dividir esa cifra entre 300 MW y concluir que el concepto ha muerto. Una parte importante del gasto inicial corresponde precisamente a instalaciones que después compartirán cuatro reactores. El argumento del proyecto canadiense es que cada nueva unidad debería resultar más barata que la anterior gracias al aprendizaje industrial.
Ese es el experimento. Y todavía no conocemos el resultado.
El talón de Aquiles de los SMR es casi paradójico. Para ser baratos necesitan construirse en grandes cantidades; para que alguien quiera construirlos en grandes cantidades primero deben demostrar que pueden ser baratos. Esa economía de serie es la pieza que todavía falta por verificar a gran escala.
Es el viejo círculo de cualquier industria que intenta pasar del prototipo a la producción masiva, solo que aquí cada prototipo cuesta miles de millones y necesita una licencia nuclear.
NuScale aprendió esa lección de una forma bastante áspera. Su proyecto con UAMPS en Estados Unidos fue cancelado en 2023 después de que no lograra suficientes compromisos de compra para continuar. Durante su desarrollo, la estimación del precio objetivo de la electricidad había llegado a 89 dólares por MWh, en un contexto de fuertes aumentos de los precios del acero, los equipos eléctricos y otros materiales.
No demuestra que todos los SMR vayan a sufrir el mismo destino. Sí demuestra algo más modesto y bastante útil: reducir el tamaño del reactor no inmuniza un proyecto nuclear contra la inflación, la financiación ni los riesgos de construcción.
La ventaja potencial aparece cuando se repite exactamente el mismo diseño. Si cada país exige modificaciones, cada cliente encarga una versión distinta y cada proyecto necesita prácticamente volver a empezar su proceso regulatorio, la supuesta fábrica de reactores termina pareciéndose bastante a la antigua construcción por encargo.
La propia etiqueta SMR empieza, además, a estirarse. El diseño de Rolls-Royce seleccionado para el programa británico tendrá una potencia de aproximadamente 470 MW eléctricos, claramente superior a los 300 MW que utiliza habitualmente el OIEA como referencia para los pequeños reactores modulares.
No es necesariamente un defecto. Puede ser exactamente lo contrario: aumentar la potencia permite repartir determinados costes fijos entre más megavatios.
Pero también revela la tensión que existe detrás del concepto. Cuanto más pequeño es un reactor, más fácil debería resultar financiar cada unidad; cuanto más grande se hace, mejor puede aprovechar ciertas economías de escala. Encontrar el punto intermedio es bastante más complicado que poner la palabra «modular» en el folleto.
Mientras los SMR intentan demostrar su modelo industrial, la energía solar juega otra partida. En 2025 su generación mundial aumentó aproximadamente un 30%, impulsada por una nueva oleada de instalaciones. La nuclear también alcanzó niveles históricos de producción, pero creció mucho más lentamente.
Aquí conviene limpiar un titular que se ha repetido demasiado rápido. Que la solar produjera más electricidad que la nuclear durante todo 2025 depende de la serie estadística utilizada.
El World Nuclear Industry Status Report emplea datos de producción neta y cifra la generación nuclear de 2025 en unos 2.703 TWh, un 1,1% más que el año anterior; con esa metodología, la producción solar quedó por delante. En cambio, la base anual de Ember trabaja con generación bruta y sitúa aproximadamente a la nuclear en 2.809 TWh y a la solar en 2.780 TWh: prácticamente empatadas, pero con la nuclear todavía ligeramente por encima. La solar sí superó a la nuclear durante varios meses de 2025.
La diferencia parece pequeña, y lo es. Precisamente por eso resulta más reveladora la tendencia que la medalla estadística de un año concreto. Hace una década la distancia entre ambas tecnologías era enorme. En 2025 se había reducido prácticamente a cero.
Pero comparar solar y nuclear únicamente por teravatios hora también tiene trampa. No prestan exactamente el mismo servicio al sistema eléctrico. Un panel solar produce cuando hay radiación; una central nuclear puede mantener una potencia elevada durante largos periodos y aportar generación firme incluso de noche o durante semanas de poco viento.
Las renovables pueden compensar esa variabilidad combinando redes más amplias, almacenamiento, gestión de la demanda, hidráulica y otras fuentes. Todo eso también cuesta dinero. La nuclear, por su parte, debe cargar con inversiones iniciales enormes, largos periodos de construcción, combustible, mantenimiento, desmantelamiento y gestión de residuos. Comparar únicamente el precio de un panel con el de un reactor sería tan esclarecedor como comparar un autobús y una bicicleta mirando únicamente cuánto cuesta cada rueda.
Ahí está buena parte del debate energético real: no qué tecnología «gana», sino qué combinación permite producir electricidad limpia, fiable y asumible durante todas las horas del año.
Los residuos tampoco desaparecen por reducir el tamaño del reactor. Los SMR necesitan combustible y generan combustible gastado y residuos radiactivos que deben gestionarse durante su operación y después del desmantelamiento. El sector trabaja precisamente en cómo adaptar a estos nuevos diseños las estrategias de almacenamiento, tratamiento y disposición definitiva.
Incluso aquí es difícil meter a todos los SMR en el mismo saco. Algunos emplean tecnologías parecidas a los reactores convencionales; otros recurren a combustibles, refrigerantes y configuraciones diferentes. Algunos estudios han advertido de que determinados diseños podrían generar, por unidad de electricidad producida, corrientes de residuos más voluminosas o complejas que grandes reactores de agua ligera. Esos análisis se refieren a diseños concretos y no permiten trasladar automáticamente el resultado a toda la familia SMR.
Y, pese a todas estas dificultades, sería prematuro escribir el epitafio. Rusia opera desde 2020 la central flotante Akademik Lomonosov y China puso en operación comercial su HTR-PM en 2023. Son tecnologías y contextos muy distintos de los proyectos occidentales que ahora intentan industrializar el concepto. Canadá construye ya el BWRX-300 y Estados Unidos acaba de abrirle otra puerta regulatoria al mismo modelo en Tennessee.
El escenario, por tanto, es menos espectacular que la revolución anunciada hace unos años, pero bastante más interesante. Los SMR han entrado en la fase en la que las cifras importan más que las promesas.
Darlington será uno de los grandes termómetros. Si el primer reactor entra en servicio en 2030, las siguientes unidades se construyen más rápido y el coste disminuye realmente con cada repetición, la fabricación modular habrá empezado a demostrar aquello que llevaba años prometiendo. Si los presupuestos vuelven a hincharse y los calendarios se deslizan, el problema de la nueva nuclear no habrá sido simplemente el tamaño del reactor.
Habrá sido algo mucho más antiguo: construir centrales nucleares continúa siendo una tarea industrial extraordinariamente compleja. Y ahí, por mucho que se reduzca el reactor, la física, la regulación y la contabilidad siguen ocupando exactamente el mismo tamaño.
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